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Honor al asno

Hay quienes le rezan a San Antonio para encontrar objetos perdidos y quienes disponen de un pariente más eficaz que el santo. No me refiero a la vulgar necesidad de hallar las llaves del coche, sino a la recuperación de los datos esenciales de la tribu. En mi familia, ese papel lo desempeña mi primo Ernesto Cabrera, capaz de detallar las circunstancias en que la abuela fue asaltada por la Banda del Automóvil Gris.

Nacido en San Luis Potosí y formado como arquitecto en la Universidad Iberoamericana, donde también impartió clases y tuvo alumnos ahora célebres, como Enrique Norten, Ernesto encontró en la austera elegancia de Barragán un vínculo entre la modernidad y las formas rústicas de las haciendas que había recorrido desde niño con nuestro tío Octaviano Cabrera Ipiña, historiador y arqueólogo aficionado que escribió la primera monografía sobre Real de Catorce e inició las exploraciones de la zona arqueológica de El Cóporo.

Con el tiempo, se adentró en el estudio de los cuexcomates, los graneros de la Aridoamérica náhuatl. No es casual que un recolector de datos se haya interesado en esos providentes depósitos. Tampoco, que haya compilado un diccionario del español rural de México. En beneficio de la curiosidad familiar y de aspectos poco estudiados del campo mexicano, Ernesto nació, como diría Derrida, con “fiebre de archivo”. Su mente es una reserva de informaciones que el tiempo vuelve útiles.

Actualmente vive en el casco de la antigua hacienda de Bledos, que conserva la banca donde Calleja se enteró de que los insurgentes habían iniciado su rebelión. Presento al personaje para que se aquilate el mensaje que me envió: “Me enteré de que en Coahuila, los campesinos ya no saben qué hacer con sus burritos, admirables bestias de carga de antaño últimamente sustituidas por pick ups, coches ‘chocolate’ y quadrunners, y que los matan o rematan a quienes se los quieran llevar”. A continuación, recordó el proyecto del tío Octaviano de hacer un monumento a los burros en la Glorieta de la Palma, en Paseo de la Reforma, porque a ellos, más que a nadie, se debe la supervivencia del país. En opinión de mi primo, de haberse consumado, el monumento tendría hoy el valor añadido de servir como “manifestódromo ideal”.

En los años ochenta, Ernesto recorrió las comunidades más pobres de Chiapas y vio con indignación que las mujeres asumían abusivas labores de carga. Con la historiadora Emma Cosío Villegas, ideó un plan para donar burros a esas regiones, pero “todo quedó en el sanador olvido”.

La progresiva desaparición del vehículo esencial del campo mexicano ha sido registrada por Homero Adame en su libro Creencias, mitos y leyendas de animales en el Altiplano. Al llegar a Sierra Hermosa, Zacatecas, donde hace años prosperó una hacienda, el autor señala que los burros han sido sustituidos por camionetas. Los ganaderos han llegado al extremo de matar burros con el poderoso veneno Fórmula 1080, que está prohibido y cuyo efecto continúa en los animales carroñeros. Al comer burro envenenado, los coyotes también se envenenan. Una imagen del campo mexicano: los zopilotes vuelan en círculo anunciando la muerte sucesiva de burros y coyotes.

El burro sobrelleva la fama de ser un animal tonto con la misma nobleza con que ha llevado atajos de leña. “Pero la verdad es que los burros son bastante listos”, señala Adame: “Conocen bien sus caminos y jamás se pierden. Uno puede echarle la carga a un burro y lo despacha para que vaya a dejarla a un lado; sin tener que guiarlo, el burro sabe a dónde ir”. Además, son meteorólogos. Cuando rebuznan en forma intempestiva, anuncian lluvia o helada, y cuando comen hasta bolsas de plástico tiradas en el monte, anuncian que habrá sequía.

Inmortalizado por Apuleyo, Cervantes, Traven, Rulfo y muchos otros, el burro se extingue sin recibir el tributo que merece como transporte y compañero de la aventura humana. Para paliar esta injusticia, el poeta venezolano Eugenio Montejo escribió “Honor al asno”. Ahí dice: “Honor al asno que lleva al poeta/ a lo largo del mundo,/ aguzando sus largas orejas/ ante todos los versos,/ cualquiera sea la música./ Honor al asno, a su baúl de mariposas,/ donde guarda los golpes de Dios y de los hombres/ y no se queja nunca”.

En un país sin rumbo, nada mejor que celebrar a un animal que sabe a dónde va.

Juan Villoros

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