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Fake news, redes sociales y cosas peores

Lo he dicho en anteriores colaboraciones, pero nunca sobra reiterarlo: soy un entusiasta usuario de la internet encuentro en ella uno de los mejores inventos de la humanidad. Sin embargo, no soy un usuario acrítico y tengo clara la existencia de múltiples productos indeseables paridos por esta fantástica herramienta: las “redes sociales” en primerísimo lugar.

–Pero usas redes sociales y eres activo en ellas –me espetará enseguida cualquier lector medianamente informado de mi actividad como internauta.

Y tendrá razón, pues poseo cuentas en tres redes sociales y procuro hacer presencia en el ciberespacio de forma regular. Pero buena parte de esa presencia, particularmente en Facebook, es para exponer mis críticas a la forma en la cual son utilizadas las redes sociales y cómo tal uso evidencia una suicida intención colectiva por renunciar al uso de la inteligencia.

En efecto: la frivolidad, la superficialidad y la vacuidad caracterizan la mayor parte de los intercambios registrados en redes sociales y tales plataformas se han convertido en el campo fértil para los intereses de quienes tienen vocación por la manipulación y jamás habían contado con una herramienta tan poderosa y a tal grado eficaz para explotar la estupidez humana.

La elaboración y difusión de fake news se ha convertido en una industria millonaria gracias a la incapacidad generalizada, ya no digamos de comprender, sino siquiera de identificar los intentos de manipulación de quienes ocupan las posiciones de poder.

¿Cómo ha ocurrido esto? Personalmente ubico en el centro del fenómeno un elemento al cual, pese a la apabullante evidencia respecto de su nociva naturaleza, una inmensa mayoría ha decidido concederle un valor injustificado: el anonimato.

El surgimiento de “movimientos” como Anonymous pareciera –equívocamente, desde luego– haber revestido de lustre a la cobardía elevándola al rango de virtud cardinal. Así, actuar desde las sombras es hoy “valiente” y digno de reconocimiento público. Van dos ejemplos cuya génesis y desarrollo conozco de primera mano.

El primero es relativo a una stalker, cuyo nombre no merece mención, quien hace algunos meses convocaba a través de Facebook a los integrantes “valientes” de su gremio a “denunciar” presuntos actos indebidos y para ello les alentaba a remitirle información… “no importa si es de forma anónima”.

El segundo fue protagonizado por un académico local –cuyo nombre tampoco voy a citar– quien alentaba la difusión de una “video denuncia”, difundida durante el reciente proceso electoral, desde una presunta cuenta de Anonymous. Al cuestionarle el dudoso valor de la “información” provista desde el anonimato respondió, palabras más o menos: “si la información es falsa, el problema es para Anonymous. Su prestigio está en juego”.

En ambos ejemplos queda claro el componente con el cual se apuntala el razonamiento de quienes han extraviado el concepto de virtud: actuar como francotirador, desde las sombras o a partir de la comodidad del anonimato es símbolo de valentía y de honor.

Hace falta una ingente dosis de vacuidad intelectual –o de mala fe– para tener por válida la premisa anterior. Pero tal es el signo de estos tiempos y las noticias sobre el fugaz ascenso de la más reciente moda en redes sociales lo ejemplifica de manera contundente: me refiero a la red Sarahah, vocablo árabe cuyo significado, paradójicamente, es “honestidad”.

Originalmente concebida como una herramienta empresarial mediante la cual los empleados de una organización pueden enviar a sus superiores quejas, sugerencias y propuestas de forma anónima (en un ambiente en el cual está justificado, si bien con matices, el temor a las represalias), Sarahah transmutó en red social cuando Snapchat la vinculó como una herramienta para el intercambio anónimo de mensajes por parte de sus usuarios.

Como ocurrió en el pasado con otras redes similares –Secret o Whisper– Sarahah ha tenido un meteórico ascenso de popularidad seguido de un estrepitoso colapso debido a la rápida conversión de su principal característica –el anonimato– en herramienta para el ciberacoso.

El experimento no deja lugar a dudas: el anonimato no es una herramienta valiosa para mejorar las relaciones interpersonales o para llevar a la humanidad a un estadio de luminosidad, sino todo lo contrario: alimenta nuestras peores características, señaladamente la cobardía.

No convoco a desechar del todo el anonimato como herramienta, pues existen casos en los cuales se justifica plenamente su uso, a fin de proteger a quienes denuncian un delito, por ejemplo, y se verían expuestos a riesgos innecesarios y/o desproporcionados si se les obligara a identificarse. Pero salvo pocas excepciones, el actuar embozado debería ser condenado como una práctica despreciable, porque nada aporta en el proceso de convertir a nuestras comunidades en espacios inclusivos y tolerantes.

Los cínicos y los idiotas seguirán ponderando el anonimato y alabándolo como instrumento civilizatorio. Seguramente será porque éste les permite hacer, desde las sombras, aquello para lo cual les incapacita su innata cobardía.

¡Feliz fin de semana!

Carlos Arredondo

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