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El regreso de los presidentes vivientes

 

Contrario a las famosas reglas no escritas del sistema político mexicano, los ex presidentes Carlos Salinas y Felipe Calderón andan desatados. El primero en gira de medios; el segundo debatiendo en twitter cual furibundo activista. Pareciera que un día se dieron cuenta que la “regla no escrita” simplemente no era sino “un mito genial” (como la pobreza, según Pedro Aspe) eso de que los presidentes tenían que comportarse como muertos vivientes. Los zombis de la política se dieron cuenta que la reja que supuestamente los contenía no tenía candado alguno: abrieron la puerta y salieron a la realidad a cazar reflectores y devorar Pejes y corruptos (claro, los corruptos de otros partidos, porque comer corruptos del mismo color siempre indigesta).

¿Tiene algún efecto que dos presidentes tan cuestionados como Salinas y Calderón salgan a la luz pública? Para muchos, los heaters de estos personajes, toda crítica a Andrés Manuel en boca de ellos es alabanza para el tabasqueño. Pero si algo caracteriza a estos dos ex personajes es que polarizan. Una buena parte de la sociedad los odia profundamente, otra los estima y los alaba. En cualquier lista de los mejores presidentes de México que haga alguien de derecha aparecerán Salinas y Calderón (el orden cambia si quien hace la lista es panista o priista, pero en todas están ambos). En las listas de la izquierda los dos aparecen en el fondo, son los representantes más puros de los vende-patrias y el neoliberalismo. Presidentes como Fox y Zedillo no llegan a esa polarización; a ellos se les malquiere como a cualquier ex presidente y básicamente por el hecho de haber ocupado la silla presidencial.

El activismo público de los presidentes vivientes tendrá sin duda un efecto sobre la vida política del país. Si bien es cierto que ayudará a que los militantes de sus propios partidos recuperen un poco el orgullo golpeado, sobre todo en el caso del PRI, también lo es que el efecto más claro será la polarización: Andrés Manuel contra todos los demás. Ese es el escenario en el que las cúpulas políticas y empresariales creen que pueden derrotar a López Obrador y lo están construyendo.

La regla de los ex presidente callados era sin duda un absurdo en un régimen democrático. El primero que lo vio y lo entendió así fue Vicente Fox; otra cosa es que sus mismos correligionarios hubiesen preferido que usara la boca solo para comer, pero es más un tema del contenido de sus declaraciones que de la violación a la “regla no escrita”.

Es muy sano que los expresidentes jueguen en el terreno político, entre otras cosas porque permitirá desmitificar la figura de ex mandatario, pues todos creen que mueven los hilos del poder y manejan al país cual titiriteros y muchas veces no se mandan (ni se entienden) ni a sí mismos.

Diego Petersen

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